Motilidad fascial
Memoria y motilidad fascial: cuando el cuerpo recuerda y se autorregula
En el interior de nuestro cuerpo existe una red silenciosa, inteligente y sensible: la fascia. Esta matriz de tejido conectivo no solo sostiene y comunica, sino que recuerda y se mueve. En ella reside una memoria profunda que va más allá del pensamiento, y una motilidad sutil que revela el pulso de la vida.
La memoria fascial: el cuerpo como archivo viviente
Las fascias conservan una memoria celular. Cada traumatismo físico, cada tensión mantenida en el tiempo, cada patrón postural repetido o cada emoción no resuelta queda registrada en los tejidos. Esta memoria no se almacena en forma de palabras, sino como densidad, retracción, pérdida de elasticidad, cambios en la textura o temperatura.
Un terapeuta manual entrenado puede palpar esa historia corporal, reconociendo zonas de rigidez que no responden a la lógica anatómica clásica, pero que reflejan adaptaciones profundas del organismo.
Estas adaptaciones pueden haber surgido tras:
- Un accidente o intervención quirúrgica
- Una caída en la infancia
- Una emoción reprimida no expresada
- Un conflicto existencial no resuelto
Y aunque hayan sido necesarias en su momento para sobrevivir, si persisten más allá de lo útil, limitan la expresión plena del ser.

La motilidad fascial: un movimiento que viene del origen
La fascia no solo guarda memoria, también se mueve de forma autónoma. Este movimiento sutil, ondulante, lento y rítmico no depende del sistema muscular ni del sistema respiratorio. Se trata de una motilidad primaria, que se origina en las primeras fases del desarrollo embrionario.
Este ritmo, conocido como Movimiento Respiratorio Primario (MRP), es una pulsación vital que puede sentirse en todo el cuerpo cuando el terapeuta entra en estado de quietud perceptiva. Su presencia es signo de vitalidad, de autorregulación, de conexión con el pulso original de la vida.
Cuando el MRP se interrumpe o se debilita, el cuerpo entra en un estado de desorganización o bloqueo. Pero cuando se restablece, el sistema se reorganiza desde dentro.
La integración terapéutica
En terapias como la terapia cráneo-sacral biodinámica, el reiki o la sanación energética, el contacto no se dirige a corregir, sino a acompañar el cuerpo para que recuerde su organización original. El terapeuta no impone, sino que escucha.
- Escucha la memoria del tejido
- Siente la motilidad presente o ausente
- Acompaña el proceso de reorganización sin forzar
Es en ese espacio de profunda presencia donde el cuerpo puede liberar memorias antiguas, restaurar su ritmo interno y activar su capacidad de sanación.
Un puente entre cuerpo, alma y conciencia
La fascia es el lugar donde cuerpo, energía y conciencia se encuentran. Su memoria conecta con lo vivido. Su motilidad conecta con el origen. Su plasticidad abre la puerta a la transformación.
Reconocer que el cuerpo recuerda y se autorregula nos devuelve una comprensión más profunda de la salud: no como ausencia de síntomas, sino como la capacidad de adaptarse, liberar, fluir y renacer desde dentro.
Meditación.
Meditación guiada.
Escuchar la memoria, sentir la motilidad, acompañar sin forzar
Preparación
Adopta una posición cómoda, acostado o sentado con la columna erguida. Cierra suavemente los ojos.
Lleva tu atención al cuerpo, al contacto con el suelo, con la silla, con el espacio.
Inhala profundo…
Exhala lento…
Siente cómo al exhalar, te vacías de todo intento, de toda expectativa.
Hoy no venimos a cambiar nada. Solo a escuchar.
Etapa 1: Escucha la memoria del tejido
Lleva tu conciencia a tu cuerpo… como si tus manos internas pudieran recorrerlo desde dentro.
Observa qué zonas llaman tu atención.
¿Dónde hay densidad? ¿Dónde hay silencio? ¿Dónde hay incomodidad?
Tal vez sientas un tirón, un frío, una zona más opaca.
No trates de interpretarlo. Solo escucha el lenguaje del tejido.
Permanece unos minutos en esta escucha profunda.
Cada parte de tu cuerpo tiene algo que contarte.
Y cuando percibas una zona que guarda una memoria, simplemente preséntate ante ella. Dile internamente:
“Te escucho. No vengo a cambiarte. Solo estoy contigo.”
Etapa 2: Siente la motilidad presente o ausente
Ahora afina tu percepción hacia un movimiento muy sutil.
Puede ser en el cráneo, en el sacro, en el abdomen, en cualquier parte del cuerpo.
Este movimiento no es el de la respiración pulmonar…
Es más lento… más profundo… como una marea que expande y recoge.
Tal vez sientas una pulsación, una onda, una oscilación rítmica.
Tal vez no sientas nada. Ambas cosas son perfectas.
Solo pregunta al cuerpo:
¿Dónde estás latiendo desde dentro?
¿Dónde estás en pausa esperando ser tocado por la conciencia?
Y espera.
La motilidad se revela cuando hay silencio, no cuando hay búsqueda.
Etapa 3: Acompaña el proceso de reorganización sin forzar
Ahora lleva tu conciencia a todo tu cuerpo.
Permite que cada parte ocupe su lugar. Que se reordene desde su sabiduría.
No empujes. No dirijas.
Permite. Confía. Acompaña.
Tal vez sientas una ola suave recorriendo el cuerpo.
Tal vez una vibración. Tal vez una pausa profunda.
Todo está bien. Estás entrando en el campo donde la fuerza organizadora de la vida puede actuar.
Solo con tu presencia, tu respeto y tu disponibilidad.
Respira ahí unos minutos…
Como si estuvieras al lado de un viejo árbol, sin hacer nada, solo compartiendo presencia.
Cierre
Lentamente vuelve a sentir la respiración.
El peso del cuerpo. El espacio en el que estás.
Inhala profundo… y al exhalar, agradece.
Agradece al cuerpo por mostrarte sus memorias.
Agradece al sistema por confiarte su ritmo.
Agradece a la vida por recordarte que no necesitas forzar para sanar.
Cuando lo sientas, abre suavemente los ojos.
